Muy buenas. Esta lectura constituye la segunda actividad a realizar en este interesante proceso formativo. Tengo claro que no es una lectura fácil, pero podemos hacerlo y complementa la actividad que venimos desarrollando a propósito de los videos sobre Dignidad Humana y la pregunta sobre RESPETO, que debimos haber realizado ya. Al final encuentran un taller cuyo primer punto es: ELABORAR UN GLOSARIO (palabras y su significado) con las palabras que encuentren en la lectura y cuyo significado no conozcan. Vamos a realizar una primera lectura buscando esas palabras y elaborando el Glosario. Éxitos.
Elogio de la
dificultad
Estanislao
Zuleta
La
pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera
tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a
inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos,
sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y, por tanto, también sin
carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de
aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente
inexistentes.
Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, sino fuera porque constituyen
el modelo de nuestros anhelos en la vida práctica.
Aquí mismo en los proyectos de la existencia cotidiana, más acá del reino de
las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de la seguridad
garantizada; de las reconciliaciones totales; de las soluciones definitivas.
Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni principalmente en
que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que
nos proponemos: que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de
nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal.
En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que
estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un
idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última
instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea
realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras
posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de
abundancia pasivamente recibida.
En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas,
queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por
espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han
existido.
Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del
paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él.
Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino milenario.
Son muy conocidos en la historia, desde la Antigüedad hasta hoy, los horrores a
los que pueden y suelen entregarse los partidos provistos de una verdad y de
una meta absolutas, las iglesias cuyos miembros han sido alcanzados por la
gracia –por la desgracia– de alguna revelación. El estudio de la vida social y
de la vida personal nos enseña cuán próximos se encuentran una de otro la
idealización y el terror. La idealización del fin, de la meta y el terror de
los medios que procurarán su conquista. Quienes de esta manera tratan de
someter la realidad al ideal, entran inevitablemente en una concepción
paranoide de la verdad; en un sistema de pensamiento tal, que los que se
atreverían a objetar algo quedan inmediatamente sometidos a la interpretación
totalitaria: sus argumentos, no son argumentos, sino solamente síntomas de una
naturaleza dañada o bien máscaras de malignos propósitos.
En lugar de discutir un razonamiento se le reduce a un juicio de pertenencia al
otro –y el otro es, en este sistema, sinónimo de enemigo–, o se procede a un
juicio de intenciones. Y este sistema se desarrolla peligrosamente hasta el
punto en que ya no solamente rechaza toda oposición, sino también toda
diferencia: el que no está conmigo, está contra mí, y el que no está
completamente conmigo, no está conmigo. Así como hay, según Kant, un verdadero
abismo de la acción, que consiste en la exigencia de una entrega total a la
“causa” absoluta y concibe toda duda y toda crítica como traición o como
agresión.
Ahora sabemos, por una amarga experiencia, que este abismo de la acción, con
sus guerras santas y sus orgías de fraternidad no es una característica
exclusiva de ciertas épocas del pasado o de civilizaciones atrasadas en el
desarrollo científico y técnico; que puede funcionar muy bien y desplegar todos
sus efectos sin abolir una gran capacidad de inventiva y una eficacia macabra.
Sabemos que ningún origen filosóficamente elevado o supuestamente divino,
inmuniza a una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de
la lógica paranoide que afirma un discurso particular –todos lo son– como la
designación misma de la realidad y los otros como ceguera o mentira.
El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se embriagan
con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una palabra
infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la necesidad de
pensar por sí mismo, otorgan a sus miembros una identidad exaltada por la
participación, separan un interior bueno –el grupo– y un exterior amenazador.
Así como se ahorra sin duda la angustia, se distribuye mágicamente la
ambivalencia en un amor por lo propio y un odio por lo extraño y se produce la
más grande simplificación de la vida, la más espantosa facilidad. Y cuando digo
aquí facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este tipo de formaciones
colectivas, se caracterizan por una inaudita capacidad de entrega y
sacrificios; que sus miembros aceptan y desean el heroísmo, cuando no aspiran a
la palma del martirio. Facilidad, sin embargo, porque lo que el hombre teme por
encima de todo no es la muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se
refugia, sino la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de
combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto.
Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de los
grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les fueron
extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de respeto.
No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de la vigencia
de normas universales. Estos valores aparecen más bien como males menores
propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha abdicado a las
más caras esperanzas. Porque el respeto y las normas sólo adquieren vigencia
allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no
pueden aspirar a determinar las relaciones humanas. Y como el respeto es
siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya no se
cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada, transparente
y espontánea, o en una fusión amorosa. No se puede respetar el pensamiento del
otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias,
ejercer sobre él una critica, válida también en principio para el pensamiento
propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad
habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser
error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba
contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra. Nuestro saber es
el mapa de la realidad y toda línea que se separe de él sólo puede ser
imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por inconfesables intereses.
Desde la concepción apocalíptica de la historia las normas y las leyes de
cualquier tipo, son vistas como algo demasiado abstracto y mezquino frente a la
gran tarea de realizar el ideal y de encarnar la promesa; y por lo tanto sólo
se reclaman y se valoran cuando ya no se cree en la misión incondicionada.
Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es generalmente
que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había
desechado, estimado sólo negativamente; lo que se produce entonces, casi
siempre, es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se
olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación
y en la dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por
una organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y
urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista que además
piensa que ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda
esperanza de una vida cualitativamente superior.
Lo más difícil, lo más importante. Lo más necesario, lo que a todos modos hay
que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad diferente sin
caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo difícil, pero también lo
esencial es valorar positivamente el respeto y la diferencia, no como un mal
menor y un hecho inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la
creación y el pensamiento, como aquello sin lo cual una imaginaria comunidad de
los justos cantaría el eterno hosanna del aburrimiento satisfecho. Hay que
poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente
sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por
todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en
cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.
Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a nosotros
mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer lo que
llamaré una no reciprocidad lógica: Es decir, el empleo de un método
explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los
problemas, los fracasaos y los errores propios y los del otro cuando es
adversario o cuando disputamos con él. En el caso del otro aplicamos el
esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su
ser más profundo; en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera
que aún los mismos fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por
alguna desgraciada coyuntura. Él es así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que
había sembrado; yo no pude evitar este resultado. El discurso del otro no es
más que de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es una simple
constatación de los hechos y una deducción lógica de sus consecuencias.
Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los propósitos y la adversaria
por los resultados.
Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad lógica que
es siempre una doble falsificación, no sólo irrespetamos al otro, sino también
a nosotros mismos, puesto que nos negamos a pensar efectivamente el proceso que
estamos viviendo.
La difícil tarea de aplicar un mismo método explicativo y crítico a nuestra
posición y a la opuesta no significa desde luego que consideremos equivalentes
las doctrinas, las metas y los intereses de las personas, los partidos, las
clases y las naciones en conflicto. Significa por el contrario que tenemos
suficiente confianza en la superioridad de la causa que defendemos, como para
estar seguros de que no necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la
cual, en verdad, podría defenderse cualquier cosa.
En el carnaval de miseria y derroche propios del capitalismo tardío se oye a la
vez lejana y urgente la voz de Goethe y Marx que nos convocaron a un trabajo
creador, difícil, capaz de situar al individuo concreto a la altura de las
conquistas de la humanidad.
Dostoievski nos enseño a mirar hasta donde van las tentaciones de tener una
fácil relación interhumana: van sólo en el sentido de buscar el poder, ya que
si no se puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común se produce lo
que Bahro llama intereses compensatorios: la búsqueda de amos, el deseo de ser
vasallos, el anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una vez por todas
del cuidado de que nuestra vida tenga un sentido. Dostoievski entendió, hace
más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro
amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos
evitan la angustia de la razón.
Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el
pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo, el arte
y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge la lucha de los
proletarios que ya saben que un trabajo insensato no se paga con nada, ni con
automóviles ni con televisores; surge la rebelión magnífica de las mujeres que
no aceptan una situación de inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge
la insurrección desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que
se les ha fabricado.
Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto:
"También esta noche, tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de nuevo
a mi alrededor. Y alientas otra vez en mi la aspiración de luchar sin descanso
por una altísima existencia".
TALLER: “Elogio de la
Dificultad”
Especial
saludo para todos y todas. Ésta es la actividad que les propongo:
Una vez leído y analizado el texto titulado: “Elogio de la
dificultad”, que indudablemente es un texto un poco difícil de leer pero
entendible, si nos lo proponemos; frente al texto:
11. Realizar un glosario con
las palabras no reconocidas dentro del texto y encontrar su significado.
22. Hacer un comentario al
texto. Que nos enseña?
33. Cuales serían los
principales elementos del texto, en relación con la ética y los valores?
44. Que significa, para
Estanislao Zuleta: RESPETO?
55.
Las actividades realizadas hasta el momento, qué nos sugiere que
cambiemos en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia y en nuestro salón de
clase?